Gato negro, gato blanco, otra gran parábola del maestro Emir Kusturica

Chat noir, Chat blanc
(1998) es la penúltima película del discutido cineasta y músico bosnio Emir Kusturica. Antes de realizar este filme, con el que obtuvo el "León de Plata" al Mejor director en el Festival de Venecia '98, este maestro había anunciado su retirada del cine. La crisis se debió a la crítica suscitada en Francia por su también premiada Underground (1995).
Exiliado primero a Estados Unidos –donde fue profesor de la Universidad de Columbia y realizó El sueño de Arizona (Arizona Dream, 1992)– y ahora en París, Kusturica sostuvo una fuerte polémica con los llamados "filósofos" franceses, a raíz de un artículo publicado en Le Monde por Bernard-Henri Levy. Acusado de que su película pertenecía a una conspiración serbia, este realizador nacido en Sarajevo (1954) manifestó que abandonaba el plató. Sin embargo, en 1998 realizaría otro filme que aparentemente estaba alejado de la obra que provocó el ataque.
En efecto, esta parábola de Emir Kusturica retoma el mundo de los zíngaros tan caro al realizador – El tiempo de los gitanos (Dom za vešanje, 1989)– y ofrece una fábula sobre su diezmada Yugoslavia. «En mi último filme –dijo– también hay elementos propios de la guerra porque, en mi país, mucha gente la aprovechó para hacerse rica a costa del petroleo, del tabaco y otras cosas. Mi película es como una máscara detrás de la cual resulta difícil reconocer elementos realistas, pero, si se buscan, están. Ésta es la lectura política que yo hago».
Gato negro, gato blanco cuenta una historia de gitanos, habitantes de un localidad llamada Sutja, a orillas del Danubio, que comercian con los rusos. El relato se centra en la pactada boda de la hermana de un gángster con el hijo de un contrabandista. Pero la intervención de los entrañables abuelos –capos de las mafias zíngaras– será capital. La anécdota –basada en un hecho verídico: una boda gitana en la que "mantenían vivo" a un abuelo recién fallecido– es lo de menos; lo importante es su segunda lectura y el homenaje explícito a esta histórica y marginada etnia. (Ver, en este sentido, el libro de José Ángel GARRIDO, Minorías en el cine. La etnia gitana en la pantalla. Barcelona: Publicacions Universitat de Barcelona, 2003).
A través de las tres generaciones reunidas, el filme denuncia los pactos contranatura. Pues, si por un lado Kusturica defiende a los viejos –que en su poco creíble narración "resucitarán" al final– y deposita en los jóvenes su esperanza, es la generación intermedia –la corrupta– la que recibe la crítica; ya que identifica a uno de los hijos como criminal de guerra. El historiador Esteve Riambau se extendió en esta interpretación: «Son, sin embargo, esas impactantes metáforas visuales surgidas de un mundo delirante y barroco las que confieren el definitivo atractivo a Gato negro, gato blanco . Hasta tres o cuatro acciones superpuestas en un mismo encuadre hacen progresar la película al ritmo frenético de la música zíngara que habría dado pie a lo que en principio debía ser un simple documental llamado Música acrobática. Ese mismo concepto persiste, no obstante, en un largometraje de ficción cuyo estilo sería traicionado si fuese simplemente definido como felliniano o buñueliano. Kusturica ya no necesita de comparaciones para perfilar un universo singular en el que los cerdos devoran coches, los músicos tocan mientras están atados en distintos niveles de los troncos de un árbol y los patriarcas viajan en sillas de ruedas que parecen carrozas de carnaval y se saben de memoria el final de Casablanca ». (Fotogramas , enero 1999. Vid. asimismo su clarificadora entrevista con Kusturica: "Paisatge després d’una guerra”, en Avui , 22-I-1999).
Ciertamente, la particular estética de Emir Kusturica es el vehículo original por el que se expresa este singular autor, pues su onírico relato es como una fiesta, un circo, donde se derrocha colorido, continuo movimiento y música. Una música que va desde el folclore gitano hasta el techno, pasando por los ritmos cubanos y el rock. Pero es ese ambiente circense, con personajes enormemente pintorescos, donde se rememora con creces el estilo del genial Federico Fellini. (Cfr. el estudio crítico del especialista Samuel R. CÉSAR, "La sombra de Fellini es alargada: la linterna mágica de Emir Kusturica", en Film-Historia, vol. VI, núm. 2, junio 1996, pp. 143-175). Además, su trepidante narración no está exenta de sentido del humor, plena de gags que evocan incluso el género burlesco del maestro Mack Sennett.
Por otra parte, su cariño por los gitanos es evidente. Dejemos que hable de nuevo el propio realizador: «Es un pueblo que conozco muy bien porque los primeros años de mi vida los pasé en Sarajevo jugando con niños zíngaros. Son gente de un sentido estético admirable, aunque bordea el kitsch, y me han influenciado muchísimo. Creo que podríamos aprender mucho de este pueblo, que no necesita las armas para ser feliz, que con su sola existencia demuestra que hay una forma alternativa de vivir la vida. Yo me resisto también a pensar que el bienestar a la occidental y Microsoft sean lo máximo a que aspirar. Se trata de un pueblo que es capaz de ofrecer una alternativa a nuestra sociedad, a una sociedad cuyos valores no me gustan. Cuanto más los veo vivir, cuanto más los escucho, más fuerte es la impresión que tengo de estar en un universo paralelo, un universo que nos observa. Cuando me cruzo con un gitano que habla con un móvil tengo la impresión de que el Siglo XX saluda a la Edad Media. Los que actúan en la película, todos ellos amateurs, viven en una ciudad de 70.000 habitantes, todos ellos gitanos, cerca de Skopje, con sus reglas y sus organizaciones propias».
En estas declaraciones –realizadas por Emir Kusturica a El País (12-IX-1998) y La Croix (30-IX-1998), con motivo de la Mostra de Venecia– se aprecia la voluntad de expresión de este maestro del cine yugoslavo, donde muchas veces en sus filmes confunde la utopía amoral con la simple realidad cotidiana. ¿No será acaso una forma de escapismo ante la situación caótica de la ex-Yugoslavia o de la misma sociedad de consumo? El crítico galo Georges Collar lo resumió así: «El autor de Chat noir, chat blanc piensa encontrar en la comunidad gitana que nos muestra el sueño utópico que por contraste evoca un país desgarrado por una de las guerras más sangrientas de este fin de siglo».
Sin duda, estamos ante una de las obras vanguardistas –romántica y surrealista, a la vez– que constatan mejor, humana y artísticamente, el fin del segundo milenio. De ahí que el maestro Kusturica abriera el siglo XXI con otra pieza de excepción: La vida es un milagro (Život je čudo, 2004), otra fábula de amor en tiempos de guerra. Es obvio que el genial cineasta bosnio sigue en forma como creador y humanista de la pantalla.
CHAT NOIR, CHAT BLANC
. Producción: Ciby 2000/Bayerischer/Filmförderung (Francia-Alemania-Serbia, 1998). Productor: Karl Baumgartner. Director: Emir Kusturica. Guión: Emir Kusturica y Gordan Mihić. Fotografía: Thierry Argogast y Michel Amathieu. Música: N. Karajlić, V. V. Aralica y D. Sparavalo. Vestuario: Nebojša Lipanović. Montaje: Svetolik Mića Zajc. Intérpretes: Bajram Severdžan (Matko Destanov), Florijan Ajdini (Zare), Branka Katić (Ida), Jašar Destani (Grga Veliki), Adnan Bekir (Grga Mali), Zabit Memedov (Zarije), Srđan Todorović (Dadan), Sabri Sulejmani (Grga Pitić), Ljubica Adzović (Sujka), Stojan Sotirov (Agente de aduanas búlgaro). Color - 129 min. Estreno en España: 22-I-1999. Espectadores: 137.444. Recaudación: 544.467,86 €. Distribución en DVD: Laurenfilm.



